Aprendiendo a imaginar un mundo mejor para tod@s

 

Teresa A.M.

Hace poco tiempo que volví a España y ya estoy de nuevo inmersa en el frenético día a día, pero reconozco que esta vez algo es diferente. A pesar del trabajo y las obligaciones algo dentro de mí ha cambiado, por decirlo de alguna manera se ha hecho más fuerte un sentimiento… y es que estas vacaciones no han sido como las anteriores. He tenido la oportunidad de participar en las Vacaciones Solidarias que organiza Solidaridad Internacional. Concretamente en el proyecto del Centro de Atención Integral para Mujeres Sobrevivientes de Violencia de Genero llevado a cabo conjuntamente con la ONG Local Nuevos Horizontes, en Quetzaltenango, Guatemala.

Cada día me vienen a la memoria imágenes vividas junto a mis nueve compañeras de aventura o junto a la gente especial que conocimos allí durante nuestra estancia. Incluso a pesar de que recuerde situaciones de impotencia y/o injusticias en un país marcado por la vulnerabilidad y la desigualdad social y sexual, ese sentimiento que nombraba antes se ha hecho más fuerte de manera positiva ya que se trata de un sentimiento de crecimiento, de implicación, de progreso y esfuerzo por el cambio que a pequeños pasitos se va construyendo gracias a la gente que se implica para que éste sea posible.

Durante la intensa estancia que compartimos en Quetzaltenango, Xela para los amigos, he vivido infinidad de situaciones, algunas de ellas me resulta incluso complicado plasmarlas en un papel, ya que la intensidad de las mismas dudo si se pueden transmitir al escribirlas, pero igualmente intentaré explicar alguna. Recuerdo las caminatas de buena mañana junto a Alicia hacia una rotonda para agarrar el bus -en España no usamos ese verbo para esa situación-, que nos llevaba a la guardería, uno de los lugares a los cuales estábamos asignadas ambas.

Al principio reconozco que caminábamos asustadas entre la inmensidad de lo desconocido, o mejor dicho, lo previamente conocido sólo de manera negativa. Controlábamos todo movimiento a nuestro alrededor, pero a medida que pasaron los días y ese entorno se convirtió en algo habitual conseguimos aflojar el paso y disfrutar por así decirlo observando las peculiaridades que nos ofrecía el propio camino. Calles con un tráfico caótico, autobuses y coches que dejaban un intenso humo negro a su paso, motos con más de dos usuarios subidos y sin ninguna medida de protección, multitud de puestos de comida ambulante, tiendas enrejadas para evitar los robos, hombres de seguridad exhibiendo sus metralletas en la puerta de algunos comercios, o la excesiva campaña electoral manifestada en los lugares más inimaginables.

Durante el camino y la espera del bus amarillo, que parecía sacado de un capítulo de los Simpson, conversábamos sobre mil y una situaciones, sobre las experiencias personales que cada una traía en su mochila, sobre los intereses comunes que nos habían llevado a participar en este proyecto y sobre la necesaria labor de las ONG para progresar en una sociedad bloqueada por el pasado.

Una vez en el destino, atravesada la puerta de un simple garaje, se encontraban diferentes casas. En una de ellas se encuentra la guardería, un centro que acoge durante unas horas a los hijos e hijas de las mujeres trabajadoras en riesgo de sufrir o haber sufrido violencia de género. Por la mañana acuden los más pequeños y por la tarde se suman niños y niñas que han ido a la escuela.

Un día, la maestra Lety y la niñera Sole, nos preguntaron intrigadas dónde estaba nuestro país y por qué habíamos elegido ir allí siendo Guatemala tan chiquita y el mundo tan grande. Todavía no se me han olvidado sus caras de admiración manifestándonos su sorpresa porque gente de un país tan lejano nos preocupemos por la realidad que ellas viven.

Recuerdo una mañana que la maestra nos ofreció explicarles un cuento a un pequeño grupo de niños. Alicia y yo, ilusionadas, explicamos un conocido cuento a unos patojitos con miradas dispersas y llenas de experiencias vividas a su ya temprana edad e intentamos estimularlos, educarlos y entretenerlps en su justa a medida en una realidad tan distinta a la nuestra. Luego realizamos un dibujo común y fue curioso encontrarme como maestra en la otra parte del mundo, ubicando como podíamos un finísimo papel que se rompía casi con mirarlo, con unos botes de pintura diminutos y con unas chapas de refresco viejas como recurso para mezclar las pinturas y crear nuevos colores.

De manera improvisada formamos las dos un teatrillo para que participaran, tanto quienes no sabían casi ni coger un pincel, como los y las más espabilados, así como también quienes acababan de llegar, o quienes todavía sollozaban. En un momento le comenté a mi compañera la poca luz que había en la habitación, la poca luz que podía entrar de una pequeña ventana interior… y recuerdo el comentario irónico de ella diciéndome que no me quejara y continuara con el espectáculo por así decirlo, ya que hay recursos que allí son más que un bien preciado.

De nuestras visitas me quedo con la cara de felicidad de esos niños, el verlos sonreír entre abrazos y canciones.
Esa mañana fue realmente gratificante, así como lo ha sido el global de la experiencia, no por lo que nosotras pudiéramos aportar, no por el resultado en sí, sino porque realmente compartimos y participamos en su realidad. Nosotras en Guatemala transmitimos que en la inmensidad del mundo a mucha gente les interesa su realidad y ellos y ellas, casi sin darme cuenta, me transmitieron algo mucho más grande; que nunca deje de imaginar, pensar y crear un mundo mejor para todas y todos.

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